COLOMBIA vs ECUADOR
COPA AMERICA
13 DE JUNIO
COLOMBIA vs ARGENTINA
ELIMINATORIAS
40' Min Gol: Jerry Mina; (Col)     49' Min Gol: Mateus Uribe  (Col)    55' Min Gol: Luis Diaz  (Col)   
LOS DUENOS DEL BALON. USA

Luis Guillermo“El Teacher” Berrío: solo muere aquel que se pierde en el olvido

El antioqueño falleció el pasado domingo luego de sufrir un infarto en Cali. Esta es la historia del máximo goleador del Atlético Huila y de uno de los jugadores más talentosos de la década del 90, que hizo del fútbol su vida entera.

La historia, que terminó de manera anticipada porque al corazón le dio por fallar, comenzó en Amagá, en 1967, cuando a la familia Berrío Gómez, o más bien al abuelo de la familia Berrío Gómez, le entró el ímpetu de marcharse de Antioquia, de que su hijo no trabajara más en las minas de carbón por miedo a que un día la tierra se lo tragara. 

Por casualidad, el destino fue Cali, el barrio Alfonso López, un lote que parecía un islote en un fangal y una casa de ladrillo que en vez de ventanas tenía tablas para evitar el zancudero, aunque de cuando en cuando era necesario poner toldillos. Ahí pasó parte de su infancia Luis Guillermo Berrío Gómez, a quien paradójicamente no le interesaba el fútbol, pues prefería jugar trompo o elevar cometa. El resto la vivió en el Sindical y en el 12 de Octubre.

– Vení y probás a ver si te gusta.

– No, Cabezón, eso no es lo mío.

Berrío se entusiasmó por tener que armar los arcos con guaduas y por jugar descalzo. Y con confianza absoluta empezó a pasar al resto de niños como si se tratara de conos, y monopolizó tanto la pelota, que no sobraron los reclamos. 

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“Oíste, Berrío, jugá solo porque no la soltás”, le dijo un compañero que después lo bautizó como El Profesor, por la forma de adiestrar el balón y que al día siguiente lo llamó Teacher, porque en inglés sonaba mejor. 

Su primera experiencia en un torneo fue a los 12 años con un club que se llamaba Unión Júnior, Unión porque la esposa del entrenador y dueño era de Santa Marta e hincha del Ciclón, y Júnior porque el DT no podía ocultar el apego por el cuadro tiburón. En ese entonces no había dinero para guayos, mucho menos para uniformes.

– Fresco, Teacher, no te preocupés por eso. Vos jugás con mis guayos el primer tiempo y yo el segundo.

– De una, Cabezón.

Después de destacarse en los torneos de liga, un amigo de vibrante elocuencia (Rogelio Sánchez) le propuso a Berrío que se fueran a probar a Deportivo Cali, que había una convocatoria para ser parte de las divisiones inferiores, categorías que manejaba por ese entonces Eduardo Julián Retat. 

Ambos pasaron, pero dijeron que no por una simple razón: no les daban dinero para pagar el transporte y así poder entrenar. Y sin recursos solo hubo una solución. “Vamos para América que allá si dan un poco de dinero”.

Sin pretensiones, pero sí con muchas ganas, Berrío quedó elegido entre 250 jóvenes. Y el club escarlata le desembolsó $1.500 para que fuera a entrenar a la cancha de la base aérea de Cali. “Me moría por levantarlo, pero no podía porque el profesor Édgar Mallarino siempre nos ponía en el mismo equipo. No soltaba el balón y quería sacarse a todo el mundo. La ventaja es que la mayoría de las veces llegaba al arco rival”.

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Las palabras son de Salomón Martínez, compañero de Berrío en América, uno de los primeros que se dio cuenta de que podía patear con destreza con ambas piernas, que si bien era diestro, una lesión en el tobillo derecho lo obligó a poner a trabajar la izquierda, a tal punto que la similitud con la que conducía la pelota confundía a quienes trataban de marcarlo para evitar que les enganchara por su lado hábil. 

Martínez también fue el último en hablar con Berrío cuando el pasado domingo lo recibió en su tienda para festejarle su cumpleaños 54.

“Venía de un partido en Jamundí, llegó con una carne a la llanera para todos y me pidió una Tamarindo, su gaseosa preferida. Empezamos a comer y cuando me dio por mirarlo estaba desgonzado sobre la silla, sin poder hablar, respirando de manera descoordinada. Le hicimos compresiones en el pecho, le di respiración boca a boca, pero no respondía. Conseguimos un carro y Gustavo Chaparro se lo llevó para la clínica de Oriente, pero cuando llegó ya no tenía signos. Dice Chaparro que el médico le puso un aparatico en el dedo y ya. Nada de oxígeno, choques, yo qué sé… Y así se nos fue, hermano”. 

Decencia, respeto y dignidad, palabras recurrentes en el discurso de Martínez para recordar a Berrío. “Es que no peleaba con nadie en la cancha. Lo molían a patadas y seguía corriendo. Éramos nosotros los que teníamos que defenderlo para que no lo acabaran. Hasta el final fue una madre”. 

El Monito, como también le decían en América por lo catire que fue cuando joven, o El Nene, como lo bautizó Humberto Ortiz, debutó a los 16 años en un partido contra Tolima, fue padre a los 19 y al momento que tuvo a su hijo empezó un recorrido por varios clubes colombianos para tener un salario decoroso, pues había una familia que mantener. Pasó por Pereira en 1987, se fue porque no les pagaban -nunca les pagaron-, después por Bucaramanga y de nuevo al América de Gabriel Ochoa Uribe. Llegó a Envigado, luego a Huila (fue goleador en 1992), incluso estuvo en Deportivo Táchira de Venezuela, Unión Minas y Juan Aurich de Perú, antes de retirarse en Pereira en 2004.

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